De alta estatura, piel trigueña y ojos inquisidores. Sin mirarlo sé que acecha sin piedad. Sus ojos eran oscuros, de forma alzada hacia los costados; complementadas de sus frágiles cejas que marcan una mirada interesante, penetrante, casi perversa.
Hay unanimidad en que sólo yo puedo percibir dicha figura, lo que representa y qué es lo que desea.
En frente un rostro nativo, autóctono y dulce. Más bajo, preocupado e inocente; sin embargo me dobla en edad.
Sus malévolos deseos no resisten la tentación de verse a descubierto; nadie se percata o nadie quiere hacerlo. Horror al ser testigo de su plan, de palpar el recorrido de su mirada a esa silueta ignorante de tal emboscada. Las cientos de palabras impresas que proveen distracción a condiciones de esa categoría no subsanan el daño, la avaricia, el deseo, el hervor.
Al alzar sus manos instantáneamente alcé las mías, queriendo preveer un deshelase deshonroso. Pero todo fue una trampa…
Su descarado cometido se esfumaba tras variados palitroques que chocaban con la cándida e ingenua presencia que blanqueó sus objetivos y le permitió concentrarse. Al defender concurrí en un acto de inmolación cabalmente involuntario. Frente a frente; su mirada traspasaba mi entidad como si fuese una placa de vidrio hecho de azúcar: se rompe sin dejar heridas. Su brío tenía la fuerza de todo el tren para separar las pocas masas que nos separaban y culminar sus ardores con un trágico final. Rígida y a la vez temblorosa, busco sin éxito alguna salida sutil; sus ojos desean, buscan y encuentran; sus impulsos ganan la batalla del control, la mesura y la prudencia. Me aferro a mis efectos personales como armas atómicas a las guerras frías; imponiendo un coraje que sólo reluce desde mi amígdala; no se procesa, no se estructura. Ya estaba lista.
Descendió en Santa Isabel. Todo mi desayuno no cubrirá las energías usadas para mi primera clase. Aún siento su bravura desviada cerca de mí.