The Force of Words

Aspiraciones

Ritual 7 Abril 2009

Archivado en: Percepciones — theforceofwords @ 7:30 pm
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- Me encantaría besarte. – expresó, interrumpiendo mi discurso en afán de disuadirlo de comentarios de ese tipo.

Lo miré sin expresar mi notoria y fatal respuesta, aún después de que él la entendiera perfectamente en el trancurso de la cita.

- No necesitas decirme nada – resopló, justificándose, intentando ser convincente – Es natural que provoques eso en mí. No haré nada que tú no quieras hacer…

Típica respuesta. Queriendo disuadir mediante manipulaciones, que funcionan en la eventualidad de encontrarte con alguien en exceso inseguro, o muy desesperado. Mi inseguridad no se dejó vencer a tan nimia tentación.

Sus ojos develaban una mitomanía casi cómica, obvia de sus intenciones; las que pretendía dejar ocultas con sus ataviadas palabras y manifiesto rostro de humildad afectado irremediablemente por una falasia fantasiosa, culminando con una resignación fingida.

Sí quería que dijiese algo, para rebatirmelo después y luego acceder al ritual del ósculo pretendido. Así, eliminaría cualquier cargo de conciencia posterior al darse dicha situación como iniciativa al trasladar todo a un dominio del hecho hacia mi.

Dichos rituales de consentimiento asqueaban a veces, pero no carecían de legitimación alguna. Al contrario, formaban parte de las prácticas del cortejo, basadas en el categórico, pero cierto adagio “En la guerra y en el amor todo se vale”.

Revisando mi reloj, ya quedaban unos milagrosos 20 minutos para atender otros menesteres, tal vez peores que el actual

 

Salvataje 26 Marzo 2009

Archivado en: Vivencias — theforceofwords @ 5:34 pm
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De alta estatura, piel trigueña y ojos inquisidores. Sin mirarlo sé que acecha sin piedad. Sus ojos eran oscuros, de forma alzada hacia los costados; complementadas de sus frágiles cejas que marcan una mirada interesante, penetrante, casi perversa.

Hay unanimidad en que sólo yo puedo percibir dicha figura, lo que representa y qué es lo que desea.

En frente un rostro nativo, autóctono y dulce. Más bajo, preocupado e inocente; sin embargo me dobla en edad.

Sus malévolos deseos no resisten la tentación de verse a descubierto; nadie se percata o nadie quiere hacerlo. Horror al ser testigo de su plan, de palpar el recorrido de su mirada a esa silueta ignorante de tal emboscada. Las cientos de palabras impresas que proveen distracción a condiciones de esa categoría no subsanan el daño, la avaricia, el deseo, el hervor.

Al alzar sus manos instantáneamente alcé las mías, queriendo preveer un deshelase deshonroso. Pero todo fue una trampa…

Su descarado cometido se esfumaba tras variados palitroques que chocaban con la cándida e ingenua presencia que blanqueó sus objetivos y le permitió concentrarse. Al defender concurrí en un acto de inmolación cabalmente involuntario. Frente a frente; su mirada traspasaba mi entidad como si fuese una placa de vidrio hecho de azúcar: se rompe sin dejar heridas. Su brío tenía la fuerza de todo el tren para separar las pocas masas que nos separaban y culminar sus ardores con un trágico final. Rígida y a la vez temblorosa, busco sin éxito alguna salida sutil; sus ojos desean, buscan y encuentran; sus impulsos ganan la batalla del control, la mesura y la prudencia. Me aferro a mis efectos personales como armas atómicas a las guerras frías; imponiendo un coraje que sólo reluce desde mi amígdala; no se procesa, no se estructura. Ya estaba lista.

Descendió en Santa Isabel. Todo mi desayuno no cubrirá las energías usadas para mi primera clase. Aún siento su bravura desviada cerca de mí.