The Force of Words

Aspiraciones

1° Parte: Mística 24 Marzo 2009

Archivado en: Emilia — theforceofwords @ 6:57 pm
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Flo no me contestó la quinta llamada. Es insólita la inutilidad que se le da a la tecnología; en vez de ayudarte a la inminente adaptación, se prefiere presumir con los estrambóticos diseños que dejan de ser novedosos en cuanto termino de escribir esta frase.

Sentada, con un acostumbrado letargo, su falta de memoria me pone más iracunda. Ya bastante hago con ser el puente entre papá y ella como para que se le olvide nuestra única salida mensual de tres horas. Si a su edad hubiese tenido tremebundas lagunas mentales, un literal corto circuito directo a la materia gris caería de cajón.

Me siento extranjera en mi propio territorio. No es común ser tan puntual, es una sobre-exigencia al colectivo en general. En vez de empezar con un “Hola”, das una disculpa por llegar tarde.

Miro un poco y el panorama no mejora. Los payasos le quedan grandes los reconocimientos de una tradición cultural de quizás sabe de cuando empezó, al menos yo no lo sé. El chiste es un estrés más para la gente. Pobre tipo; si tuviera que sentarme a hacer ruidos con un serrucho y la vara de un violín para hacer reír, es porque hasta las ideas están en hipoteca para mi. Lo miré un momento y leí en su rostro el deseo de atestiguar sonrisas con sus inusuales y absurdos sonidos. El dinero no importa cuando el sentido se encuentra. Me acerqué, saqué un par de monedas y le sonreí. Su máscara de amargura se quebró ante el gesto magnánimo de mi lastimera limosna. Me sentí hipócrita.

Y como si tuviese un sexto sentido de satisfacción, me volteé antes de que mi padre me sorprendiera. Lo abracé en cámara lenta – o al menos así lo sentí – y retrocedí para ver su sonrisa de niño travieso encantar a los átomos aledaños a nuestros cuerpos.

- Emilia – dijo mirándome fijo – Ya no hay nada de mi niña de silencios, ahora estás cada vez más hecha mujer

- No exageres – respondí, demostrando sorpresa – Sigo siendo callada, ¡y por Dios que estás poeta!

- La vida me sonríe hija, por cierto… – dijo mientras nos sentábamos en un banco que sostenía un pequeño y decorativo árbol afuera de la estación – tu madre me comentó por Internet que te está yendo bien en la Universidad, me alegro mucho que te guste la carrera.

- Bueno… – me encogí de hombros – esto de la Biología se me da bien. mamá dice que seré un médico como el abuelo Manolo.

Después de un silencio breve, me sentí indicada por esos ojos paternales y protectores.

- Si no te gusta puedes dejar la carrera, Emilia. Lo importante es que hagas lo que te guste.

Comentario asesino para la inseguridad de la superficial certeza. Por supuesto que no me veía con una bata blanca en hospitales y consultas jugando a salvar vidas, presenciando quizás qué cosas extrañas y que para mí no eran más que situaciones que urgen de soluciones.

En realidad, el estereotipo de mi vida futura estaba cubierto por constantes neblinas que no dejaban ver nada claro; ni con bata blanca ni otro uniforme alterno.

- Ya llevo casi tres años papá, terminaré lo que empecé y ahí veremos – dije, sorprendida de mi misma.

Puesto de pie, nos dispusimos a recorrer lo que tanto nos encantaba: el centro. Dos extraterrestres, dos tortugas en plena gran manzana. Mi padre amaba la ciudad y yo adoraba recorrerla con él.

Hablamos de los cambios climáticos, la abismal diferencia de la gente del Viejo Continente y la local. Era un tipo de urbanidad transformada; tenían las billeteras más llenas, las calles más limpias, pero sus rostros más endurecidos por aquellos días sin Sol de pleno invierno.

Quizá si lo viese todos los días no memorizaría los tiempos de los semáforos antes de detenernos en las conocidas esquinas por inercia, a contemplar el avance de la reparación del Portales. Con una sarcástica sonrisa retomamos el rumbo hasta el corte de Miraflores hacia la Biblioteca Nacional. Entramos a un café en la calle Moneda, el nombre no era importante; sabiéndolo o no todo giró fuera de lugar.

- Tengo una propuesta que hacerte hija – dijo, luego de recibir su Mocaccino Expreso, su favorito.

- ¿Propuesta? – pregunté temerosa ante la pregunta y su amenazante contenido.

- Si. Como ya estás a punto de terminar el semestre (sabiendo que te eximiste de tus exámenes) te quería invitar a Londres a pasar Navidad y Año Nuevo conmigo allá.

El sorbo de té aumentó 30 grados de printo mientras recorría mi esófago, al menos eso le dijo mi cerebro a mi manipulable sistema sensorial. Dejé la tasa a un lado con renuencia.

- ¿A Londres? ¿Contigo? ¿Y… Florencia? – pregunté sin atreverme a mirar su rostro.

- Bueno, si hoy hubiese aparecido, quizá lo consideraría

Me sobrevino un sentimiento de pena que detestaba.

- ¿Y Lauren qué opina?

- ¡Está encantada! Vamos, te lo mereces.

Por un momento visualicé la situación. Cena de Navidad. Mi mamá, la abuela María de visita, Florencia y probablemente Carlos, de parásito de mi madre como de costumbre. La abuela encantada por sus ridículas historias de logros deportivos de su club pinchanguero sabatino. Carlos feliz por no mirarme la cara de asco y de presentir mis ganas de querer salir corriendo. Nunca nos llevamos bien, me caía pésimo, sobre todo la pasividad de mi madre cuando Florencia se dejaba seducir por sus influencias y consejos de galán de teleserie fracasada. Vi a Carlos sonriente al no tener que soportar mi cara de repulsión cuando se le insinuaba a mamá con algún típico truco burdo y sin clase, mientras a mi hermana le brillaban los ojos y mi abuela comentaba entre risas.

Ante eso, Londres era una alternativa más tentadora; un país desconocido, tranquilo y con rostros diferentes.

- Está bien, lo pensaré. Pero no creas que me lo merezco… – mi epifanía era lo bastante pavorosa como para reducirla en un relato gratuito.

- Bien hija, pero no te tires abajo ¿Está bien?

Asentí como de costumbre. Bordeaba con mis dedos el vanguardista forma del platillo mientras trataba de asumir este viaje, lo mejor de todo es que podría estar más de tres horas con mi padre y así poner nuestra mística a prueba.