Metí la llave del cerrojo mientras el auto partía. Nadie en casa para compartir la novedad, la abracé junto a mi por más instantes antes de se desvaneciera por momentos.
La casa estaba de verdad sola. Odiaba tener que entrar a la iluminada cocina; era el lugar que más odiaba. Al entrar nada vaticinó diferencia alguna, lo que me ayudó a tomar grandes pasos de retroceso hacia las escaleras. Un papel marrón destacaba en la pared blanca del recibidor telefónico, conteniendo garabatos conocidos:
- “Emilia: espero lo hayas pasado bien con tu papá. Llámame a la oficina para saber que llegaste bien. Mamá.”
Esto es una broma. Sólo si no te agrada anidar, laboras un Domingo. Pensé mientras digitaba el anexo del departamento de ediciones.
- ¿Mamá? Hola, llegue bien.
- Hola hija, perdón por no estar en casa, surgió algo importante – respondió con su dulce y paciente voz – Que bueno que llegaste temprano, ¿lo pasaste bien?
- Si mamá, gracias – suspiré – Florencia no llegó y no sé dónde está.
- Tu hermana se fue a Mendoza a ver a tu abuela
El chiste ya no tuvo gracia alguna.
- ¿A Mendoza? – racionalicé mis palabras – La llamé cinco veces y no me contestó.
- No lo sé hija, pero ya llegó y está bien.
Me dolía que mi hermana no sintiera nada por nuestro padre. Ella no era una de esas personas a las que se les pedía un mínimo de cordura o un promedio de sensatez en sus conductas, al menos a mí parecer. Su mente no pesaba más que una pluma ante el arbitrio perverso del viento que soplaba desde bocas y causes de intereses poco nobles.
Su viaje a Mendoza fue repentino, pero me causó mayor sorpresa el permiso de mamá. Su afirmativa ante todo lo que signifique un requerimiento que esté en su poder satisfacer era dudoso y cuestionable. No es sabio querer compensarnos de ese modo. Su relación con papá no resultó, eran mejores personas cuando estaban separados. Pero Florencia es muy obstinada para entenderlo así, y la ausencia constante de papá no ayudaba a que la situación mejorase de algún modo.
Todo era sospechoso y no dejaba cabida para otro sentimiento diferente, más que la temible suspicacia de la realidad.
Al recostarme en la cama, el techo no me dice nada nuevo, salvo un repetido mensaje de calificación obvia; todos los días lo mismo. Comienzo a pensar que por más que quiera, la vida no es más compleja de lo que parece. Texturas conocidas, rostros familiares, razones y motivos para que el calendario avance y te sientas mirando al techo como si nada.
Un pequeño temblor, nada más podía decorar este Domingo.
- ¿Alo? – contesté sin ganas
- Emilia, disculpa si te interrumpo. ¿Cómo estás?, habla Néstor
Mi compañero de la universidad. Se podría decir que entre nosotros había amistad; nos encantaba hablar de lo extraña y peculiares que eran nuestras vidas. Él tiene una familia muy parecida a la mía y por esa circunstancia teníamos la extraña sensación de que nos comprendíamos en muchas cosas; aunque nunca lo reconocimos frente al otro.
- Hola Néstor. Bien, llegué hace poco y estoy cansada. ¿Pasó algo?
- No nada. Sólo quería preguntarte si te eximiste de Farmacología.
- Si, con la nota justa. ¿Y tú?
- También, gracias a que estudiamos duro para el último certamen. Aunque podría haber obtenido mejor nota, era lo que esperaba.
Me alegré por eso. Néstor se esforzaba mucho y teníamos mucho en común. Esbocé una sonrisa que se tradujo en un tono de voz con júbilo.
- Que bien Néstor, me alegro mucho
- Bueno, nos vemos mañana.
- Chao Nes, nos vemos.
Viendo cómo la luz del celular se desvanecía, recordaba por qué era amiga de Néstor y no otra cosa. A pesar que existía una tensión cuando nos mirábamos, no siempre coincidíamos en la universidad. Pero cada vez que lo veía la alegría era demasiado notoria. Aquellas pocas oportunidades que teníamos para conversar realmente eran excusas para finalmente mirarlo siempre a los ojos y sentirme cómoda. Aunque sin saber si la comodidad incluye querer extender mis dedos y tocar su rostro o acercarme con valentía suficiente para comprobar que siente lo mismo al tenerme cerca. Es un deseo no inscrito como oficial; nunca funcionaría como relación.
Nuestros intereses emocionales distan de coincidir en algo sustentable digno de osar llevarse a cabo, pero siempre buscarse y alegrarnos al estar cerca era algo innegable. Aún así no podría decir si hay algo más que amistad entre Néstor y yo; al parecer es una extraña sensación entre el deseo y la racionalidad de lo que busacas para tu estabilidad emocional. Existiendo punto medio entre dichas situaciones, disfrutábamos de una amistad especial, sincera y fuerte.
Hay cosas que no me causan molestia alguna. Como los exóticos aromas que acostumbro sentir cada mañana para sanear la monotonía de los días, o la canción que resuena al conciliar el sueño sin importar cómo se escuche. Sensaciones conocidas y la mente divulga mi debilidad. El cuerpo se rinde y la memoria olvida. Cada luz es una oscuridad transformada; el cuerpo busca calidez en un abrazo de las sábanas.
No hay advertencia. La ejecución sorprende y el refrán se cumple tal y como se recita; caigo en brazos de un dios pagano, de la inmensidad de la nada, de mi mundo propio y mi consentir en horas y momentos.
Dejo de ser yo para que los afanes se manifiesten como dueños y señores de un escenario temporalmente real.
La cortina cae.
Néstor está ciego y sin rostro; y no tengo brazos para alcanzarlo. Dos cuerdas flojas sin suelo para caer. Grises mañanas con nubes negras de indefinida forma dan una sensación de enfrentarme al silencio y a la negación. Horas merodeando por la misma conmoción… un piano resuena y me elevo. Grandes edificios y un dolor, decoradas con líneas de color rojo que me encierran en un cubo con barreras de plástico bajo el agua.
Seis y quince. El despertador denota acordes bienquistos. Me siento y observo al tímido Sol tras las blancas cortinas. Sonrío sin saber porqué; la máscara de la jugarreta onírica me perturba. Sonrío sin poder respirar con la boca abierta.