The Force of Words

Aspiraciones

2° Peculiar 28 Marzo 2009

Archivado en: Emilia — theforceofwords @ 11:02 pm
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Metí la llave del cerrojo mientras el auto partía. Nadie en casa para compartir la novedad, la abracé junto a mi por más instantes antes de se desvaneciera por momentos.

La casa estaba de verdad sola. Odiaba tener que entrar a la iluminada cocina; era el lugar que más odiaba. Al entrar nada vaticinó diferencia alguna, lo que me ayudó a tomar grandes pasos de retroceso hacia las escaleras. Un papel marrón destacaba en la pared blanca del recibidor telefónico, conteniendo garabatos conocidos:

- “Emilia: espero lo hayas pasado bien con tu papá. Llámame a la oficina para saber que llegaste bien. Mamá.”

Esto es una broma. Sólo si no te agrada anidar, laboras un Domingo. Pensé mientras digitaba el anexo del departamento de ediciones.

- ¿Mamá? Hola, llegue bien.

- Hola hija, perdón por no estar en casa, surgió algo importante – respondió con su dulce y paciente voz – Que bueno que llegaste temprano, ¿lo pasaste bien?

- Si mamá, gracias – suspiré – Florencia no llegó y no sé dónde está.

- Tu hermana se fue a Mendoza a ver a tu abuela

El chiste ya no tuvo gracia alguna.

- ¿A Mendoza? – racionalicé mis palabras – La llamé cinco veces y no me contestó.

- No lo sé hija, pero ya llegó y está bien.

Me dolía que mi hermana no sintiera nada por nuestro padre. Ella no era una de esas personas a las que se les pedía un mínimo de cordura o un promedio de sensatez en sus conductas, al menos a mí parecer. Su mente no pesaba más que una pluma ante el arbitrio perverso del viento que soplaba desde bocas y causes de intereses poco nobles.

Su viaje a Mendoza fue repentino, pero me causó mayor sorpresa el permiso de mamá. Su afirmativa ante todo lo que signifique un requerimiento que esté en su poder satisfacer era dudoso y cuestionable. No es sabio querer compensarnos de ese modo. Su relación con papá no resultó, eran mejores personas cuando estaban separados. Pero Florencia es muy obstinada para entenderlo así, y la ausencia constante de papá no ayudaba a que la situación mejorase de algún modo.

Todo era sospechoso y no dejaba cabida para otro sentimiento diferente, más que la temible suspicacia de la realidad.

Al recostarme en la cama, el techo no me dice nada nuevo, salvo un repetido mensaje de calificación obvia; todos los días lo mismo. Comienzo a pensar que por más que quiera, la vida no es más compleja de lo que parece. Texturas conocidas, rostros familiares, razones y motivos para que el calendario avance y te sientas mirando al techo como si nada.

Un pequeño temblor, nada más podía decorar este Domingo.

- ¿Alo? – contesté sin ganas

- Emilia, disculpa si te interrumpo. ¿Cómo estás?, habla Néstor

Mi compañero de la universidad. Se podría decir que entre nosotros había amistad; nos encantaba hablar de lo extraña y peculiares que eran nuestras vidas. Él tiene una familia muy parecida a la mía y por esa circunstancia teníamos la extraña sensación de que nos comprendíamos en muchas cosas; aunque nunca lo reconocimos frente al otro.

- Hola Néstor. Bien, llegué hace poco y estoy cansada. ¿Pasó algo?

- No nada. Sólo quería preguntarte si te eximiste de Farmacología.

- Si, con la nota justa. ¿Y tú?

- También, gracias a que estudiamos duro para el último certamen. Aunque podría haber obtenido mejor nota, era lo que esperaba.

Me alegré por eso. Néstor se esforzaba mucho y teníamos mucho en común. Esbocé una sonrisa que se tradujo en un tono de voz con júbilo.

- Que bien Néstor, me alegro mucho

- Bueno, nos vemos mañana.

- Chao Nes, nos vemos.

Viendo cómo la luz del celular se desvanecía, recordaba por qué era amiga de Néstor y no otra cosa. A pesar que existía una tensión cuando nos mirábamos, no siempre coincidíamos en la universidad. Pero cada vez que lo veía la alegría era demasiado notoria. Aquellas pocas oportunidades que teníamos para conversar realmente eran excusas para finalmente mirarlo siempre a los ojos y sentirme cómoda. Aunque sin saber si la comodidad incluye querer extender mis dedos y tocar su rostro o acercarme con valentía suficiente para comprobar que siente lo mismo al tenerme cerca. Es un deseo no inscrito como oficial; nunca funcionaría como relación.

Nuestros intereses emocionales distan de coincidir en algo sustentable digno de osar llevarse a cabo, pero siempre buscarse y alegrarnos al estar cerca era algo innegable. Aún así no podría decir si hay algo más que amistad entre Néstor y yo; al parecer es una extraña sensación entre el deseo y la racionalidad de lo que busacas para tu estabilidad emocional. Existiendo punto medio entre dichas situaciones, disfrutábamos de una amistad especial, sincera y fuerte.

Hay cosas que no me causan molestia alguna. Como los exóticos aromas que acostumbro sentir cada mañana para sanear la monotonía de los días, o la canción que resuena al conciliar el sueño sin importar cómo se escuche. Sensaciones conocidas y la mente divulga mi debilidad. El cuerpo se rinde y la memoria olvida. Cada luz es una oscuridad transformada; el cuerpo busca calidez en un abrazo de las sábanas.

No hay advertencia. La ejecución sorprende y el refrán se cumple tal y como se recita; caigo en brazos de un dios pagano, de la inmensidad de la nada, de mi mundo propio y mi consentir en horas y momentos.

Dejo de ser yo para que los afanes se manifiesten como dueños y señores de un escenario temporalmente real.

La cortina cae.

Néstor está ciego y sin rostro; y no tengo brazos para alcanzarlo. Dos cuerdas flojas sin suelo para caer. Grises mañanas con nubes negras de indefinida forma dan una sensación de enfrentarme al silencio y a la negación. Horas merodeando por la misma conmoción… un piano resuena y me elevo. Grandes edificios y un dolor, decoradas con líneas de color rojo que me encierran en un cubo con barreras de plástico bajo el agua.

Seis y quince. El despertador denota acordes bienquistos. Me siento y observo al tímido Sol tras las blancas cortinas. Sonrío sin saber porqué; la máscara de la jugarreta onírica me perturba. Sonrío sin poder respirar con la boca abierta.

 

Salvataje 26 Marzo 2009

Archivado en: Vivencias — theforceofwords @ 5:34 pm
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De alta estatura, piel trigueña y ojos inquisidores. Sin mirarlo sé que acecha sin piedad. Sus ojos eran oscuros, de forma alzada hacia los costados; complementadas de sus frágiles cejas que marcan una mirada interesante, penetrante, casi perversa.

Hay unanimidad en que sólo yo puedo percibir dicha figura, lo que representa y qué es lo que desea.

En frente un rostro nativo, autóctono y dulce. Más bajo, preocupado e inocente; sin embargo me dobla en edad.

Sus malévolos deseos no resisten la tentación de verse a descubierto; nadie se percata o nadie quiere hacerlo. Horror al ser testigo de su plan, de palpar el recorrido de su mirada a esa silueta ignorante de tal emboscada. Las cientos de palabras impresas que proveen distracción a condiciones de esa categoría no subsanan el daño, la avaricia, el deseo, el hervor.

Al alzar sus manos instantáneamente alcé las mías, queriendo preveer un deshelase deshonroso. Pero todo fue una trampa…

Su descarado cometido se esfumaba tras variados palitroques que chocaban con la cándida e ingenua presencia que blanqueó sus objetivos y le permitió concentrarse. Al defender concurrí en un acto de inmolación cabalmente involuntario. Frente a frente; su mirada traspasaba mi entidad como si fuese una placa de vidrio hecho de azúcar: se rompe sin dejar heridas. Su brío tenía la fuerza de todo el tren para separar las pocas masas que nos separaban y culminar sus ardores con un trágico final. Rígida y a la vez temblorosa, busco sin éxito alguna salida sutil; sus ojos desean, buscan y encuentran; sus impulsos ganan la batalla del control, la mesura y la prudencia. Me aferro a mis efectos personales como armas atómicas a las guerras frías; imponiendo un coraje que sólo reluce desde mi amígdala; no se procesa, no se estructura. Ya estaba lista.

Descendió en Santa Isabel. Todo mi desayuno no cubrirá las energías usadas para mi primera clase. Aún siento su bravura desviada cerca de mí.

 

1° Parte: Mística 24 Marzo 2009

Archivado en: Emilia — theforceofwords @ 6:57 pm
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Flo no me contestó la quinta llamada. Es insólita la inutilidad que se le da a la tecnología; en vez de ayudarte a la inminente adaptación, se prefiere presumir con los estrambóticos diseños que dejan de ser novedosos en cuanto termino de escribir esta frase.

Sentada, con un acostumbrado letargo, su falta de memoria me pone más iracunda. Ya bastante hago con ser el puente entre papá y ella como para que se le olvide nuestra única salida mensual de tres horas. Si a su edad hubiese tenido tremebundas lagunas mentales, un literal corto circuito directo a la materia gris caería de cajón.

Me siento extranjera en mi propio territorio. No es común ser tan puntual, es una sobre-exigencia al colectivo en general. En vez de empezar con un “Hola”, das una disculpa por llegar tarde.

Miro un poco y el panorama no mejora. Los payasos le quedan grandes los reconocimientos de una tradición cultural de quizás sabe de cuando empezó, al menos yo no lo sé. El chiste es un estrés más para la gente. Pobre tipo; si tuviera que sentarme a hacer ruidos con un serrucho y la vara de un violín para hacer reír, es porque hasta las ideas están en hipoteca para mi. Lo miré un momento y leí en su rostro el deseo de atestiguar sonrisas con sus inusuales y absurdos sonidos. El dinero no importa cuando el sentido se encuentra. Me acerqué, saqué un par de monedas y le sonreí. Su máscara de amargura se quebró ante el gesto magnánimo de mi lastimera limosna. Me sentí hipócrita.

Y como si tuviese un sexto sentido de satisfacción, me volteé antes de que mi padre me sorprendiera. Lo abracé en cámara lenta – o al menos así lo sentí – y retrocedí para ver su sonrisa de niño travieso encantar a los átomos aledaños a nuestros cuerpos.

- Emilia – dijo mirándome fijo – Ya no hay nada de mi niña de silencios, ahora estás cada vez más hecha mujer

- No exageres – respondí, demostrando sorpresa – Sigo siendo callada, ¡y por Dios que estás poeta!

- La vida me sonríe hija, por cierto… – dijo mientras nos sentábamos en un banco que sostenía un pequeño y decorativo árbol afuera de la estación – tu madre me comentó por Internet que te está yendo bien en la Universidad, me alegro mucho que te guste la carrera.

- Bueno… – me encogí de hombros – esto de la Biología se me da bien. mamá dice que seré un médico como el abuelo Manolo.

Después de un silencio breve, me sentí indicada por esos ojos paternales y protectores.

- Si no te gusta puedes dejar la carrera, Emilia. Lo importante es que hagas lo que te guste.

Comentario asesino para la inseguridad de la superficial certeza. Por supuesto que no me veía con una bata blanca en hospitales y consultas jugando a salvar vidas, presenciando quizás qué cosas extrañas y que para mí no eran más que situaciones que urgen de soluciones.

En realidad, el estereotipo de mi vida futura estaba cubierto por constantes neblinas que no dejaban ver nada claro; ni con bata blanca ni otro uniforme alterno.

- Ya llevo casi tres años papá, terminaré lo que empecé y ahí veremos – dije, sorprendida de mi misma.

Puesto de pie, nos dispusimos a recorrer lo que tanto nos encantaba: el centro. Dos extraterrestres, dos tortugas en plena gran manzana. Mi padre amaba la ciudad y yo adoraba recorrerla con él.

Hablamos de los cambios climáticos, la abismal diferencia de la gente del Viejo Continente y la local. Era un tipo de urbanidad transformada; tenían las billeteras más llenas, las calles más limpias, pero sus rostros más endurecidos por aquellos días sin Sol de pleno invierno.

Quizá si lo viese todos los días no memorizaría los tiempos de los semáforos antes de detenernos en las conocidas esquinas por inercia, a contemplar el avance de la reparación del Portales. Con una sarcástica sonrisa retomamos el rumbo hasta el corte de Miraflores hacia la Biblioteca Nacional. Entramos a un café en la calle Moneda, el nombre no era importante; sabiéndolo o no todo giró fuera de lugar.

- Tengo una propuesta que hacerte hija – dijo, luego de recibir su Mocaccino Expreso, su favorito.

- ¿Propuesta? – pregunté temerosa ante la pregunta y su amenazante contenido.

- Si. Como ya estás a punto de terminar el semestre (sabiendo que te eximiste de tus exámenes) te quería invitar a Londres a pasar Navidad y Año Nuevo conmigo allá.

El sorbo de té aumentó 30 grados de printo mientras recorría mi esófago, al menos eso le dijo mi cerebro a mi manipulable sistema sensorial. Dejé la tasa a un lado con renuencia.

- ¿A Londres? ¿Contigo? ¿Y… Florencia? – pregunté sin atreverme a mirar su rostro.

- Bueno, si hoy hubiese aparecido, quizá lo consideraría

Me sobrevino un sentimiento de pena que detestaba.

- ¿Y Lauren qué opina?

- ¡Está encantada! Vamos, te lo mereces.

Por un momento visualicé la situación. Cena de Navidad. Mi mamá, la abuela María de visita, Florencia y probablemente Carlos, de parásito de mi madre como de costumbre. La abuela encantada por sus ridículas historias de logros deportivos de su club pinchanguero sabatino. Carlos feliz por no mirarme la cara de asco y de presentir mis ganas de querer salir corriendo. Nunca nos llevamos bien, me caía pésimo, sobre todo la pasividad de mi madre cuando Florencia se dejaba seducir por sus influencias y consejos de galán de teleserie fracasada. Vi a Carlos sonriente al no tener que soportar mi cara de repulsión cuando se le insinuaba a mamá con algún típico truco burdo y sin clase, mientras a mi hermana le brillaban los ojos y mi abuela comentaba entre risas.

Ante eso, Londres era una alternativa más tentadora; un país desconocido, tranquilo y con rostros diferentes.

- Está bien, lo pensaré. Pero no creas que me lo merezco… – mi epifanía era lo bastante pavorosa como para reducirla en un relato gratuito.

- Bien hija, pero no te tires abajo ¿Está bien?

Asentí como de costumbre. Bordeaba con mis dedos el vanguardista forma del platillo mientras trataba de asumir este viaje, lo mejor de todo es que podría estar más de tres horas con mi padre y así poner nuestra mística a prueba.

 

“A Jedi uses the Force for knowledge and defense, never for attack” 23 Marzo 2009

Archivado en: Percepciones — theforceofwords @ 7:33 pm
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Soy estudiante de Derecho hace 5 años, con sus altos y bajos académicos y personales, y muchas veces me he preguntado el sentido de tal elección académica – profesional.

Claramente uno de los valores icónicos que destaca a un potencial abogado es el sentido de Justicia; vocación de servicio a la comunidad, al más débil (genéricamente). Te preparas 5 años y más para ser un profesional de talla tal que estás capacitado para representar los derechos de una persona frente a un litigio o conflicto de derechos, etc.

Todo esto invoca ciertas cosas que hace años soy testigo. Hoy me pregunté si en verdad somos como Caballeros Jedi que luchan para prevalecer la paz y la justicia… Y empecé a darme cuenta de qué implicancias podía tener dicha analogía que, por cierto, parece muy atractiva.

¿Somos capaces de seguir la voluntad de la Fuerza, o hacemos que siga a la nuestra? Una diferencia abismal, claramente. Seguir la voluntad de la Fuerza es seguir los ideales, hacer lo que se debe (a palabras del maestro Qui-Gon). Al contrario, hacer que la Fuerza obedezca sólo mis órdenes o propósitos es hacerla un medio para un fin que sólo es personal. Esto no es muy lejano de mi realidad presente.

Ultimamente me he cuestionado muchísimo qué rumbo tomará mi vida ahora que mi preparación comienza a concluir (al menos en esta etapa), sobre cuales de estas dos vertientes es posible seguir. He podido someramente concluir que muchos no han recibido ese llamado al heroísmo, o mejor dicho, a la vocación misma.  Yo ni siquiera recuerdo el por qué opté por esto; en su momento era lo que más me atraía. En el camino me he dado cuenta que algo tengo que decir, tal vez no siendo parte de la máquina que por el curso antural de las cosas nos vamos formando parte. Quizás si las cosas difíciles fueran más fáciles no vendrían estos cuestionamientos que intelectualmente tienen mucha riqueza, y para el público que cada día es espectador de nuestra vida lo hace tan interesante. Al fin y al cabo, no se podría ser ni lo uno ni lo otro.

Tal vez muchos de nosotros estamos destinados a ser ese Jedi relegado del conducto natural: Comenzar como Padawan, destacarte como Caballero y llegar al Consejo. Tal vez y como Qui-Gon tendremos que ser testatudos y firmes al seguir el llamado a esa Fuerza que nos mueve desde un principio, y no como un medio hacia un fin. ¡Eso! Un fin en sí mismo, como lo mejor de esta vida, como lo que más cuesta alcanzar y se disfruta en demasía.

Tal vez todo loq ue poensé en esos breves 30 minutos de este día se vió influenciado por un excelente libro que leí, las experiencias que he recolectado de mis compañeros y lo que he podido preveer como mi futuro a corto plazo. ¿Qué eligo? Hoy, seguir la voluntad de la Fuerza. Total, nada pasa por accidente.