Si duermo no ayudo en nada, pensé. Era grotesco el estorbo de mi presencia en el comedor, pero la idea de que consolaría a mi madre en alguna medida estando sentada mirando la mesa de vidrio pulcro, que detesté en ese minuto por reflejar mi estado confuso y deseoso de tener más carácter y valentía para actuar.
No solía formular preguntas estúpidas, aún así romper el hielo torturaba más que la inteligencia que normalmente invocaría en fría calma.
- Pero, ¿no te dijo que estaría con la abuela?
Mi madre no pareció darse cuenta de la reiteración de la idea expuesta en mi pregunta.
- Si – resopló con voz débil – Ella misma llamó cuando Flo llegó, pero me aseguró no tener idea de lo que pretendía hacer.
- Mamá, no te preocupes. Las malas noticias son las primeras en saberse.
Desee ser la causante de dichas noticias en cuanto tuviera a mi hermana enfrente.
- Gracias hija. Acuéstate, yo me tomé una pastilla para dormir. Pedí permiso en el trabajo. No te preocupes, ve a descansar.
Me puse de pie y la abracé por su diestra basándole su cabello. Por primera vez temí que las emociones de mi madre, que tanta curiosidad me provocaba, le jugaran una mala pasada. La apreté contra mí, tanto que casi creí escuchar sus pensamientos.
- No dudes en llamarme si necesitas algo. Buenas noches mamá.
Le di un beso en su mejilla ataviada de lágrimas para luego subir por las escaleras. Me sentía extrañamente cercana a Mamá; tener que compartir algo con ella, un dolor que yo no sentía por consecuencia y ser partícipe de una misma obra espacial. Lamenté las circunstancias de mi neo cercanía y la hipocresía comenzó a invadirme.
Florencia era una víctima de sí misma. De sus actos no se rescataba alguna virtud que la calificase como un ser prolijo o paciente. Al contrario, era impulsiva y emocional.
La quiero, pero no veía en ella algo que me hiciera estimarla más sin mediar un lazo entre las dos.
Crucé la puerta con esperanzas vagas. Mi agenda abierta en el desordenado escritorio me recuerda que no sería necesario presentarme en la Universidad. Al cerrar los ojos tras tumbarme con violencia encima de mi cama, enfrento la demencia de la ausencia de deberes. Es un castigo contener sensaciones que mi madurez no cree aguantar; abrir mis ojos y mirar la puerta reuniendo coraje para socorrer una situación que no me corresponde sostener. Y es peor divagar por los límites de la confianza para justificar mi omisión.
No se me ocurre nada más que empujar mis rodillas hacia mi mentón para estirar mi estómago y evitar un súbito colapso. La rebelión de Florencia era temible, el escape fugaz con su “San Martín” a sabiendas de que sería perdonada eventualmente y que todo este remolino de lamentos fuese digerido por mi era abusivo de su parte.
No siento lamentos, sólo cólera.
No sé cómo podemos ser hermanas si las diferencias absolutas son nuestro único acuerdo cercano.
Cólera. Rabia, no por que su absolución es caricaturescamente obvia; coraje porque hace lo que quiere y siente y yo no puedo.
Se ríe de mí. Se burla cuando mis logros pesan más que sus infantiles pataletas. Veo su carcajada detrás de cada comparación que hace Papá a mi favor. Sí, se ríe de mí. Porque ella hace y yo espero.
Los músculos abdominales se sienten más relajados, mis manos aprietan el cobertor y mi mandíbula se contrae de dolor.
Es mi hermana y me causa dolor. Nunca compartimos más que el apellido y la circunstancia de nuestra sangre. Aún así quiero verla reírse de mi otra vez. Es una tortura propia y cotidiana; soportable y acostumbrada. No es que sea hábil para curar heridas de otros, se me paralizan los sistemas y soy un sarcófago de adorno.
Bajo las piernas y alzo la mirada. Esa sensación común de las soluciones posibles mitiga el daño del egoísmo y energiza mis extremidades para acercarse al computador con fuerza inerte.
Miré el reloj y comprobé si tenía llamadas sin contestar. Tres de Papá hace una hora.
Mi Némesis familiar dejó huellas de su brillante plan. Lo anunció en su sitio personal, sus palabras eran rebuscadas usando claves absurdas; de esas que provocan flojera al lector adulto promedio. Sentí la boca amarga y abrí el cajón en busca de mi caja de chicles. Casi trago el virgen masticable cuando los comentarios de aliento aparecieron en la pantalla. Era un epidemia; cáfila de irresponsables.
Florencia era la reina, y yo un plebeyo descontento de su administración. Sus súbditos alaban su proeza y la boca se me amarga más.
Salté al ver su ventana aparecer, junto a la foto de su película española favorita. Resaltó como mis pupilas.
- Creo que hoy me viste
Hace días no sabía nada de Néstor. Era raro que me hablara por iniciativa propia.
- No creo – respondí
- ¿De verdad? Yo creí verte, creo que te confundí.
Nunca fue bueno para proponer un tema sutilmente. Curioso.
- La verdad es que no te vi ¿Acaso andabas con alguien?
- Lástima – dijo poniendo un virtual rostro burlón – Te hubieras sentido orgullosa.
- Tienes más amigos Nes… pero por cómo lo dices…
- Si estaba con alguien, pero sólo caminaba, Emi – Odiaba que me dijera así – Sí, la conocí en la Secretaría de Estudios.
A Nes siempre le gustaban las cosas lejanas, como yo soy “más accesible” no hay desafío en una eventual conquista.
- Pero debe ser algo importante, eres tímido usualmente – se sonreí virtualmente, nunca podría saber la verdadera expresión de mi rostro – Me alegro Nes, ojalá resulte algo lindo para ti.
- Si, creo que intuyó que me atrae, así que ahí veremos…
Me desesperan sus puntos suspensivos, me corroen deseos de zamarrearlo para que vaya directamente al grano.
- En algo me tengo que entretener mientras tú estás lejos
Golpeé mi cabeza en la pantalla. Mis reacciones con Néstor eran simplemente instintivas, procesadas a máquina de material prudente para no quedar en evidencia.
- Espero que no sea sólo diversión. Me imagino lo que te costó acercarte a ella, no lo arruines – Mis consejos parecían más verdaderos cuando provenían de intenciones hipócritas – Debo irme Nes. Hablamos mañana.
- Que descanses.
Un rayo de Sol y una fría mano en mi rostro acabó con la inesperada y súbita carrera… pasaron cinco horas y mi cara tenía la marca de tres nudillos de mi mano izquierda.
- Contactaron a Flo, está en Bariloche con Martín, en una casa de un primo suyo.
- Lo tenían planeado hace meses, Mamá – dije mientras las facciones volvían a su lugar.
- Lo imagino… no sé qué hacer cuando llegue – se sentó derrotada en mi cama – Nunca me imaginé que hiciera algo así, al menos está bien y a salvo.
- Si mamá, pero no significa…
- Si, si ya sé lo que dirás – exclamó interrumpiéndome – Llamaré a tu padre para ponernos de acuerdo
- Mi papá no querrá meterse. Él no vive aquí y no tiene control sobre Flo, no intervendrá lo cual me parece sensato.
Me miró con frustración al levantarse, caminó hacia la puerta con lentitud temible.
- Florencia no es mi único interés, Emilia – dijo de espaldas – el otro acuerdo es fijar la fecha de tu viaje.
- No me iré hasta verte bien. Disculpa madre, pero no te rodeas de personas idóneas para tu tranquilidad.
- No permitiré trincheras en esta casa – dijo volteando su cara y endureciendo su voz que hacía aún más triste el apremio de su cometido – Tu viaje es importante, no permitiré que los problemas de tu hermana afecten tus planes.
Suspiré mientras se alejó para bajar la escalera. Tenía los músculos dormidos y la conciencia turbada. No hay tranquilidad posible en el abandono del nido. Es como un asesinato lento y progresivo; constante.
El reloj atestiguaba la sabia idea de adelantar trámites de ramos del próximo semestre. Sí. Algo que es mío y depende de mí.
Una trinchera armada, con Florencia de blanco no era algo que me causara desagrado alguno. Ella es una terrorista y yo una defensora del Bien Común. Sin embargo, no es inteligente meterse a batallar sola entre un ejército de extremistas, en su territorio y con los estrategas observado cada paso que doy. ¿A quién tratas de proteger Cristina Guzmán? ¿Eres una espía, una sarracena suicida, o un Doble Agente? La ducha fría congeló mis osadas ideas. O soy yo o es ella. ¿Pero a quién protege?
Ella. Por que en mi, el chaleco antibalas se presume equipado. Soy fuerte porque demuestro serlo y la prioridad siempre es debilidad urgente de atender. No hay egoísmo, la envidia no se asoma. El trato para heridos de guerra no encaja con el que necesita un negociador que fracasa al menor intento. Este no es mi territorio y el espejo lo confirma al observar lo impropia que resultó ser mi habitación y la figura fenotipicamente distinta de mis ascendientes tras el reflejo.
- No soy un kamikaze suicida – reflexioné en voz alta. Tampoco un estratega calculador, pensé.
Miré mi rostro común, mi cabello común, y mi poco especial fisonomía.
- Traigo el mensaje. Observo y callo – reflexioné mientras miraba al espejo y me daba unas vueltas – Los extremistas pelean con armas de fuego y bombas, moriría en un segundo y toda mi batalla no tendría sentido – miraba mi reflejo como si fuese otra persona a quién debiera interesarle mi poco usual reflexión.
Tomé una hoja en blanco y un plumón negro. Tracé la frase: “Pastelero, a tus pasteles”, y coloqué dicha misiva en medio del pliego de corcho que hace las veces de Diario Mural en mi pared, sostenido con una alfiler rojo.
Cinco minutos más tarde, tenía reservas para 72 horas más a Londres, donde los pasteles prometían ser más saludables y nutritivos, al menos diferentes y no hostigantes.