The Force of Words

Aspiraciones

Acciones 14 mayo 2009

Archivado en: Percepciones — theforceofwords @ 4:53 am
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- No quiero enterrarlo mediante magia, sino como es debido – fueron las primeras palabras que Harry fue plenamente conciente de pronunciar – ¿Tienes alguna pala, Bill?

Y poco después se puso a trabajar solo, cavando la tumba en el lugar que Bill le había mostrado en un rincón del jardín, entre unos matorrales. Cavaba con una especie de rabia, regodeándose con el trabajo manual y disfrutando de no utilizar magia, porque cada gota de sudor y cada ampolla eran como un triunfo al elfo que les había salvado la vida.

la cicatriz le dolía, pero controlaba el dolor; lo sentía, pero lo mantenía alejado. Por fin había aprendido a dominarlo, a hacer lo que Dumbledore había intentado que Snape le enseñara: cerrarle la mente a Voldemort. Y del mismo modo que el Señor de las Tinieblas no había logrado poseer al muchacho cuando éste se consumíade pena por Sirius, ahora tampoco conseguía que sus pensamientos lo penetraran mientras lloraba la muerte de Dobby. Por lo visto, el sufrimiento mantenía a Voldemort a raya. Aunqwue seguramente Dumbledore no lo habría llamado sufrimiento, sino amor…

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte – Cap. 24: El fabricante de Varitas.

 

Hungry Eyes 13 abril 2009

Archivado en: Percepciones — theforceofwords @ 5:27 am
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I’ve been meaning to tell you

I’ve got this feelin’ that won’t subside

I look at you and I fantasize

You’re mine tonight

Now I’ve got you in my sights

With these hungry eyes

One look at you and I can’t disguise

I’ve got hungry eyes

I feel the magic between you and I

I wanna hold you so hear me out

I wanna show you what love’s all about

Darlin’ tonight

Now I’ve got you in my sights

With these hungry eyes

One look at you and I can’t disguise

I’ve got hungry eyes

I feel the magic between you and I

I’ve got hungry eyes

Now I’ve got you in my sights

With those hungry eyes

Now did I take you by surprise

I need you to see

This love was meant to be

I’ve got hungry eyes

One look at you and I can’t disguise

I’ve got hungry eyes

I feel the magic between you and I

I’ve got hungry eyes

Now I’ve got you in my sights

With those hungry eyes

Did I take you by surprise

With my hungry eyes

I need you (hungry eyes)

Now I’ve got you in my sights With my (hungry eyes)

 

Ritual 7 abril 2009

Archivado en: Percepciones — theforceofwords @ 7:30 pm
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- Me encantaría besarte. – expresó, interrumpiendo mi discurso en afán de disuadirlo de comentarios de ese tipo.

Lo miré sin expresar mi notoria y fatal respuesta, aún después de que él la entendiera perfectamente en el trancurso de la cita.

- No necesitas decirme nada – resopló, justificándose, intentando ser convincente – Es natural que provoques eso en mí. No haré nada que tú no quieras hacer…

Típica respuesta. Queriendo disuadir mediante manipulaciones, que funcionan en la eventualidad de encontrarte con alguien en exceso inseguro, o muy desesperado. Mi inseguridad no se dejó vencer a tan nimia tentación.

Sus ojos develaban una mitomanía casi cómica, obvia de sus intenciones; las que pretendía dejar ocultas con sus ataviadas palabras y manifiesto rostro de humildad afectado irremediablemente por una falasia fantasiosa, culminando con una resignación fingida.

Sí quería que dijiese algo, para rebatirmelo después y luego acceder al ritual del ósculo pretendido. Así, eliminaría cualquier cargo de conciencia posterior al darse dicha situación como iniciativa al trasladar todo a un dominio del hecho hacia mi.

Dichos rituales de consentimiento asqueaban a veces, pero no carecían de legitimación alguna. Al contrario, formaban parte de las prácticas del cortejo, basadas en el categórico, pero cierto adagio “En la guerra y en el amor todo se vale”.

Revisando mi reloj, ya quedaban unos milagrosos 20 minutos para atender otros menesteres, tal vez peores que el actual

 

3° Prioridades 2 abril 2009

Archivado en: Emilia — theforceofwords @ 6:33 pm
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Si duermo no ayudo en nada, pensé. Era grotesco el estorbo de mi presencia en el comedor, pero la idea de que consolaría a mi madre en alguna medida estando sentada mirando la mesa de vidrio pulcro, que detesté en ese minuto por reflejar mi estado confuso y deseoso de tener más carácter y valentía para actuar.

No solía formular preguntas estúpidas, aún así romper el hielo torturaba más que la inteligencia que normalmente invocaría en fría calma.

- Pero, ¿no te dijo que estaría con la abuela?

Mi madre no pareció darse cuenta de la reiteración de la idea expuesta en mi pregunta.

- Si – resopló con voz débil – Ella misma llamó cuando Flo llegó, pero me aseguró no tener idea de lo que pretendía hacer.

- Mamá, no te preocupes. Las malas noticias son las primeras en saberse.

Desee ser la causante de dichas noticias en cuanto tuviera a mi hermana enfrente.

- Gracias hija. Acuéstate, yo me tomé una pastilla para dormir. Pedí permiso en el trabajo. No te preocupes, ve a descansar.

Me puse de pie y la abracé por su diestra basándole su cabello. Por primera vez temí que las emociones de mi madre, que tanta curiosidad me provocaba, le jugaran una mala pasada. La apreté contra mí, tanto que casi creí escuchar sus pensamientos.

- No dudes en llamarme si necesitas algo. Buenas noches mamá.

Le di un beso en su mejilla ataviada de lágrimas para luego subir por las escaleras. Me sentía extrañamente cercana a Mamá; tener que compartir algo con ella, un dolor que yo no sentía por consecuencia y ser partícipe de una misma obra espacial. Lamenté las circunstancias de mi neo cercanía y la hipocresía comenzó a invadirme.

Florencia era una víctima de sí misma. De sus actos no se rescataba alguna virtud que la calificase como un ser prolijo o paciente. Al contrario, era impulsiva y emocional.

La quiero, pero no veía en ella algo que me hiciera estimarla más sin mediar un lazo entre las dos.

Crucé la puerta con esperanzas vagas. Mi agenda abierta en el desordenado escritorio me recuerda que no sería necesario presentarme en la Universidad. Al cerrar los ojos tras tumbarme con violencia encima de mi cama, enfrento la demencia de la ausencia de deberes. Es un castigo contener sensaciones que mi madurez no cree aguantar; abrir mis ojos y mirar la puerta reuniendo coraje para socorrer una situación que no me corresponde sostener. Y es peor divagar por los límites de la confianza para justificar mi omisión.

No se me ocurre nada más que empujar mis rodillas hacia mi mentón para estirar mi estómago y evitar un súbito colapso. La rebelión de Florencia era temible, el escape fugaz con su “San Martín” a sabiendas de que sería perdonada eventualmente y que todo este remolino de lamentos fuese digerido por mi era abusivo de su parte.

No siento lamentos, sólo cólera.

No sé cómo podemos ser hermanas si las diferencias absolutas son nuestro único acuerdo cercano.

Cólera. Rabia, no por que su absolución es caricaturescamente obvia; coraje porque hace lo que quiere y siente y yo no puedo.

Se ríe de mí. Se burla cuando mis logros pesan más que sus infantiles pataletas. Veo su carcajada detrás de cada comparación que hace Papá a mi favor. Sí, se ríe de mí. Porque ella hace y yo espero.

Los músculos abdominales se sienten más relajados, mis manos aprietan el cobertor y mi mandíbula se contrae de dolor.

Es mi hermana y me causa dolor. Nunca compartimos más que el apellido y la circunstancia de nuestra sangre. Aún así quiero verla reírse de mi otra vez. Es una tortura propia y cotidiana; soportable y acostumbrada. No es que sea hábil para curar heridas de otros, se me paralizan los sistemas y soy un sarcófago de adorno.

Bajo las piernas y alzo la mirada. Esa sensación común de las soluciones posibles mitiga el daño del egoísmo y energiza mis extremidades para acercarse al computador con fuerza inerte.

Miré el reloj y comprobé si tenía llamadas sin contestar. Tres de Papá hace una hora.

Mi Némesis familiar dejó huellas de su brillante plan. Lo anunció en su sitio personal, sus palabras eran rebuscadas usando claves absurdas; de esas que provocan flojera al lector adulto promedio. Sentí la boca amarga y abrí el cajón en busca de mi caja de chicles. Casi trago el virgen masticable cuando los comentarios de aliento aparecieron en la pantalla. Era un epidemia; cáfila de irresponsables.

Florencia era la reina, y yo un plebeyo descontento de su administración. Sus súbditos alaban su proeza y la boca se me amarga más.

Salté al ver su ventana aparecer, junto a la foto de su película española favorita. Resaltó como mis pupilas.

- Creo que hoy me viste

Hace días no sabía nada de Néstor. Era raro que me hablara por iniciativa propia.

- No creo – respondí

- ¿De verdad? Yo creí verte, creo que te confundí.

Nunca fue bueno para proponer un tema sutilmente. Curioso.

- La verdad es que no te vi ¿Acaso andabas con alguien?

- Lástima – dijo poniendo un virtual rostro burlón – Te hubieras sentido orgullosa.

- Tienes más amigos Nes… pero por cómo lo dices…

- Si estaba con alguien, pero sólo caminaba, Emi – Odiaba que me dijera así – Sí, la conocí en la Secretaría de Estudios.

A Nes siempre le gustaban las cosas lejanas, como yo soy “más accesible” no hay desafío en una eventual conquista.

- Pero debe ser algo importante, eres tímido usualmente – se sonreí virtualmente, nunca podría saber la verdadera expresión de mi rostro – Me alegro Nes, ojalá resulte algo lindo para ti.

- Si, creo que intuyó que me atrae, así que ahí veremos…

Me desesperan sus puntos suspensivos, me corroen deseos de zamarrearlo para que vaya directamente al grano.

- En algo me tengo que entretener mientras tú estás lejos

Golpeé mi cabeza en la pantalla. Mis reacciones con Néstor eran simplemente instintivas, procesadas a máquina de material prudente para no quedar en evidencia.

- Espero que no sea sólo diversión. Me imagino lo que te costó acercarte a ella, no lo arruines – Mis consejos parecían más verdaderos cuando provenían de intenciones hipócritas – Debo irme Nes. Hablamos mañana.

- Que descanses.

Un rayo de Sol y una fría mano en mi rostro acabó con la inesperada y súbita carrera… pasaron cinco horas y mi cara tenía la marca de tres nudillos de mi mano izquierda.

- Contactaron a Flo, está en Bariloche con Martín, en una casa de un primo suyo.

- Lo tenían planeado hace meses, Mamá – dije mientras las facciones volvían a su lugar.

- Lo imagino… no sé qué hacer cuando llegue – se sentó derrotada en mi cama – Nunca me imaginé que hiciera algo así, al menos está bien y a salvo.

- Si mamá, pero no significa…

- Si, si ya sé lo que dirás – exclamó interrumpiéndome – Llamaré a tu padre para ponernos de acuerdo

- Mi papá no querrá meterse. Él no vive aquí y no tiene control sobre Flo, no intervendrá lo cual me parece sensato.

Me miró con frustración al levantarse, caminó hacia la puerta con lentitud temible.

- Florencia no es mi único interés, Emilia – dijo de espaldas – el otro acuerdo es fijar la fecha de tu viaje.

- No me iré hasta verte bien. Disculpa madre, pero no te rodeas de personas idóneas para tu tranquilidad.

- No permitiré trincheras en esta casa – dijo volteando su cara y endureciendo su voz que hacía aún más triste el apremio de su cometido – Tu viaje es importante, no permitiré que los problemas de tu hermana afecten tus planes.

Suspiré mientras se alejó para bajar la escalera. Tenía los músculos dormidos y la conciencia turbada. No hay tranquilidad posible en el abandono del nido. Es como un asesinato lento y progresivo; constante.

El reloj atestiguaba la sabia idea de adelantar trámites de ramos del próximo semestre. Sí. Algo que es mío y depende de mí.

Una trinchera armada, con Florencia de blanco no era algo que me causara desagrado alguno. Ella es una terrorista y yo una defensora del Bien Común. Sin embargo, no es inteligente meterse a batallar sola entre un ejército de extremistas, en su territorio y con los estrategas observado cada paso que doy. ¿A quién tratas de proteger Cristina Guzmán? ¿Eres una espía, una sarracena suicida, o un Doble Agente? La ducha fría congeló mis osadas ideas. O soy yo o es ella. ¿Pero a quién protege?

Ella. Por que en mi, el chaleco antibalas se presume equipado. Soy fuerte porque demuestro serlo y la prioridad siempre es debilidad urgente de atender. No hay egoísmo, la envidia no se asoma. El trato para heridos de guerra no encaja con el que necesita un negociador que fracasa al menor intento. Este no es mi territorio y el espejo lo confirma al observar lo impropia que resultó ser mi habitación y la figura fenotipicamente distinta de mis ascendientes tras el reflejo.

- No soy un kamikaze suicida – reflexioné en voz alta. Tampoco un estratega calculador, pensé.

Miré mi rostro común, mi cabello común, y mi poco especial fisonomía.

- Traigo el mensaje. Observo y callo – reflexioné mientras miraba al espejo y me daba unas vueltas – Los extremistas pelean con armas de fuego y bombas, moriría en un segundo y toda mi batalla no tendría sentido – miraba mi reflejo como si fuese otra persona a quién debiera interesarle mi poco usual reflexión.

Tomé una hoja en blanco y un plumón negro. Tracé la frase: “Pastelero, a tus pasteles”, y coloqué dicha misiva en medio del pliego de corcho que hace las veces de Diario Mural en mi pared, sostenido con una alfiler rojo.

Cinco minutos más tarde, tenía reservas para 72 horas más a Londres, donde los pasteles prometían ser más saludables y nutritivos, al menos diferentes y no hostigantes.

 

2° Peculiar 28 marzo 2009

Archivado en: Emilia — theforceofwords @ 11:02 pm
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Metí la llave del cerrojo mientras el auto partía. Nadie en casa para compartir la novedad, la abracé junto a mi por más instantes antes de se desvaneciera por momentos.

La casa estaba de verdad sola. Odiaba tener que entrar a la iluminada cocina; era el lugar que más odiaba. Al entrar nada vaticinó diferencia alguna, lo que me ayudó a tomar grandes pasos de retroceso hacia las escaleras. Un papel marrón destacaba en la pared blanca del recibidor telefónico, conteniendo garabatos conocidos:

- “Emilia: espero lo hayas pasado bien con tu papá. Llámame a la oficina para saber que llegaste bien. Mamá.”

Esto es una broma. Sólo si no te agrada anidar, laboras un Domingo. Pensé mientras digitaba el anexo del departamento de ediciones.

- ¿Mamá? Hola, llegue bien.

- Hola hija, perdón por no estar en casa, surgió algo importante – respondió con su dulce y paciente voz – Que bueno que llegaste temprano, ¿lo pasaste bien?

- Si mamá, gracias – suspiré – Florencia no llegó y no sé dónde está.

- Tu hermana se fue a Mendoza a ver a tu abuela

El chiste ya no tuvo gracia alguna.

- ¿A Mendoza? – racionalicé mis palabras – La llamé cinco veces y no me contestó.

- No lo sé hija, pero ya llegó y está bien.

Me dolía que mi hermana no sintiera nada por nuestro padre. Ella no era una de esas personas a las que se les pedía un mínimo de cordura o un promedio de sensatez en sus conductas, al menos a mí parecer. Su mente no pesaba más que una pluma ante el arbitrio perverso del viento que soplaba desde bocas y causes de intereses poco nobles.

Su viaje a Mendoza fue repentino, pero me causó mayor sorpresa el permiso de mamá. Su afirmativa ante todo lo que signifique un requerimiento que esté en su poder satisfacer era dudoso y cuestionable. No es sabio querer compensarnos de ese modo. Su relación con papá no resultó, eran mejores personas cuando estaban separados. Pero Florencia es muy obstinada para entenderlo así, y la ausencia constante de papá no ayudaba a que la situación mejorase de algún modo.

Todo era sospechoso y no dejaba cabida para otro sentimiento diferente, más que la temible suspicacia de la realidad.

Al recostarme en la cama, el techo no me dice nada nuevo, salvo un repetido mensaje de calificación obvia; todos los días lo mismo. Comienzo a pensar que por más que quiera, la vida no es más compleja de lo que parece. Texturas conocidas, rostros familiares, razones y motivos para que el calendario avance y te sientas mirando al techo como si nada.

Un pequeño temblor, nada más podía decorar este Domingo.

- ¿Alo? – contesté sin ganas

- Emilia, disculpa si te interrumpo. ¿Cómo estás?, habla Néstor

Mi compañero de la universidad. Se podría decir que entre nosotros había amistad; nos encantaba hablar de lo extraña y peculiares que eran nuestras vidas. Él tiene una familia muy parecida a la mía y por esa circunstancia teníamos la extraña sensación de que nos comprendíamos en muchas cosas; aunque nunca lo reconocimos frente al otro.

- Hola Néstor. Bien, llegué hace poco y estoy cansada. ¿Pasó algo?

- No nada. Sólo quería preguntarte si te eximiste de Farmacología.

- Si, con la nota justa. ¿Y tú?

- También, gracias a que estudiamos duro para el último certamen. Aunque podría haber obtenido mejor nota, era lo que esperaba.

Me alegré por eso. Néstor se esforzaba mucho y teníamos mucho en común. Esbocé una sonrisa que se tradujo en un tono de voz con júbilo.

- Que bien Néstor, me alegro mucho

- Bueno, nos vemos mañana.

- Chao Nes, nos vemos.

Viendo cómo la luz del celular se desvanecía, recordaba por qué era amiga de Néstor y no otra cosa. A pesar que existía una tensión cuando nos mirábamos, no siempre coincidíamos en la universidad. Pero cada vez que lo veía la alegría era demasiado notoria. Aquellas pocas oportunidades que teníamos para conversar realmente eran excusas para finalmente mirarlo siempre a los ojos y sentirme cómoda. Aunque sin saber si la comodidad incluye querer extender mis dedos y tocar su rostro o acercarme con valentía suficiente para comprobar que siente lo mismo al tenerme cerca. Es un deseo no inscrito como oficial; nunca funcionaría como relación.

Nuestros intereses emocionales distan de coincidir en algo sustentable digno de osar llevarse a cabo, pero siempre buscarse y alegrarnos al estar cerca era algo innegable. Aún así no podría decir si hay algo más que amistad entre Néstor y yo; al parecer es una extraña sensación entre el deseo y la racionalidad de lo que busacas para tu estabilidad emocional. Existiendo punto medio entre dichas situaciones, disfrutábamos de una amistad especial, sincera y fuerte.

Hay cosas que no me causan molestia alguna. Como los exóticos aromas que acostumbro sentir cada mañana para sanear la monotonía de los días, o la canción que resuena al conciliar el sueño sin importar cómo se escuche. Sensaciones conocidas y la mente divulga mi debilidad. El cuerpo se rinde y la memoria olvida. Cada luz es una oscuridad transformada; el cuerpo busca calidez en un abrazo de las sábanas.

No hay advertencia. La ejecución sorprende y el refrán se cumple tal y como se recita; caigo en brazos de un dios pagano, de la inmensidad de la nada, de mi mundo propio y mi consentir en horas y momentos.

Dejo de ser yo para que los afanes se manifiesten como dueños y señores de un escenario temporalmente real.

La cortina cae.

Néstor está ciego y sin rostro; y no tengo brazos para alcanzarlo. Dos cuerdas flojas sin suelo para caer. Grises mañanas con nubes negras de indefinida forma dan una sensación de enfrentarme al silencio y a la negación. Horas merodeando por la misma conmoción… un piano resuena y me elevo. Grandes edificios y un dolor, decoradas con líneas de color rojo que me encierran en un cubo con barreras de plástico bajo el agua.

Seis y quince. El despertador denota acordes bienquistos. Me siento y observo al tímido Sol tras las blancas cortinas. Sonrío sin saber porqué; la máscara de la jugarreta onírica me perturba. Sonrío sin poder respirar con la boca abierta.

 

Salvataje 26 marzo 2009

Archivado en: Vivencias — theforceofwords @ 5:34 pm
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De alta estatura, piel trigueña y ojos inquisidores. Sin mirarlo sé que acecha sin piedad. Sus ojos eran oscuros, de forma alzada hacia los costados; complementadas de sus frágiles cejas que marcan una mirada interesante, penetrante, casi perversa.

Hay unanimidad en que sólo yo puedo percibir dicha figura, lo que representa y qué es lo que desea.

En frente un rostro nativo, autóctono y dulce. Más bajo, preocupado e inocente; sin embargo me dobla en edad.

Sus malévolos deseos no resisten la tentación de verse a descubierto; nadie se percata o nadie quiere hacerlo. Horror al ser testigo de su plan, de palpar el recorrido de su mirada a esa silueta ignorante de tal emboscada. Las cientos de palabras impresas que proveen distracción a condiciones de esa categoría no subsanan el daño, la avaricia, el deseo, el hervor.

Al alzar sus manos instantáneamente alcé las mías, queriendo preveer un deshelase deshonroso. Pero todo fue una trampa…

Su descarado cometido se esfumaba tras variados palitroques que chocaban con la cándida e ingenua presencia que blanqueó sus objetivos y le permitió concentrarse. Al defender concurrí en un acto de inmolación cabalmente involuntario. Frente a frente; su mirada traspasaba mi entidad como si fuese una placa de vidrio hecho de azúcar: se rompe sin dejar heridas. Su brío tenía la fuerza de todo el tren para separar las pocas masas que nos separaban y culminar sus ardores con un trágico final. Rígida y a la vez temblorosa, busco sin éxito alguna salida sutil; sus ojos desean, buscan y encuentran; sus impulsos ganan la batalla del control, la mesura y la prudencia. Me aferro a mis efectos personales como armas atómicas a las guerras frías; imponiendo un coraje que sólo reluce desde mi amígdala; no se procesa, no se estructura. Ya estaba lista.

Descendió en Santa Isabel. Todo mi desayuno no cubrirá las energías usadas para mi primera clase. Aún siento su bravura desviada cerca de mí.

 

1° Parte: Mística 24 marzo 2009

Archivado en: Emilia — theforceofwords @ 6:57 pm
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Flo no me contestó la quinta llamada. Es insólita la inutilidad que se le da a la tecnología; en vez de ayudarte a la inminente adaptación, se prefiere presumir con los estrambóticos diseños que dejan de ser novedosos en cuanto termino de escribir esta frase.

Sentada, con un acostumbrado letargo, su falta de memoria me pone más iracunda. Ya bastante hago con ser el puente entre papá y ella como para que se le olvide nuestra única salida mensual de tres horas. Si a su edad hubiese tenido tremebundas lagunas mentales, un literal corto circuito directo a la materia gris caería de cajón.

Me siento extranjera en mi propio territorio. No es común ser tan puntual, es una sobre-exigencia al colectivo en general. En vez de empezar con un “Hola”, das una disculpa por llegar tarde.

Miro un poco y el panorama no mejora. Los payasos le quedan grandes los reconocimientos de una tradición cultural de quizás sabe de cuando empezó, al menos yo no lo sé. El chiste es un estrés más para la gente. Pobre tipo; si tuviera que sentarme a hacer ruidos con un serrucho y la vara de un violín para hacer reír, es porque hasta las ideas están en hipoteca para mi. Lo miré un momento y leí en su rostro el deseo de atestiguar sonrisas con sus inusuales y absurdos sonidos. El dinero no importa cuando el sentido se encuentra. Me acerqué, saqué un par de monedas y le sonreí. Su máscara de amargura se quebró ante el gesto magnánimo de mi lastimera limosna. Me sentí hipócrita.

Y como si tuviese un sexto sentido de satisfacción, me volteé antes de que mi padre me sorprendiera. Lo abracé en cámara lenta – o al menos así lo sentí – y retrocedí para ver su sonrisa de niño travieso encantar a los átomos aledaños a nuestros cuerpos.

- Emilia – dijo mirándome fijo – Ya no hay nada de mi niña de silencios, ahora estás cada vez más hecha mujer

- No exageres – respondí, demostrando sorpresa – Sigo siendo callada, ¡y por Dios que estás poeta!

- La vida me sonríe hija, por cierto… – dijo mientras nos sentábamos en un banco que sostenía un pequeño y decorativo árbol afuera de la estación – tu madre me comentó por Internet que te está yendo bien en la Universidad, me alegro mucho que te guste la carrera.

- Bueno… – me encogí de hombros – esto de la Biología se me da bien. mamá dice que seré un médico como el abuelo Manolo.

Después de un silencio breve, me sentí indicada por esos ojos paternales y protectores.

- Si no te gusta puedes dejar la carrera, Emilia. Lo importante es que hagas lo que te guste.

Comentario asesino para la inseguridad de la superficial certeza. Por supuesto que no me veía con una bata blanca en hospitales y consultas jugando a salvar vidas, presenciando quizás qué cosas extrañas y que para mí no eran más que situaciones que urgen de soluciones.

En realidad, el estereotipo de mi vida futura estaba cubierto por constantes neblinas que no dejaban ver nada claro; ni con bata blanca ni otro uniforme alterno.

- Ya llevo casi tres años papá, terminaré lo que empecé y ahí veremos – dije, sorprendida de mi misma.

Puesto de pie, nos dispusimos a recorrer lo que tanto nos encantaba: el centro. Dos extraterrestres, dos tortugas en plena gran manzana. Mi padre amaba la ciudad y yo adoraba recorrerla con él.

Hablamos de los cambios climáticos, la abismal diferencia de la gente del Viejo Continente y la local. Era un tipo de urbanidad transformada; tenían las billeteras más llenas, las calles más limpias, pero sus rostros más endurecidos por aquellos días sin Sol de pleno invierno.

Quizá si lo viese todos los días no memorizaría los tiempos de los semáforos antes de detenernos en las conocidas esquinas por inercia, a contemplar el avance de la reparación del Portales. Con una sarcástica sonrisa retomamos el rumbo hasta el corte de Miraflores hacia la Biblioteca Nacional. Entramos a un café en la calle Moneda, el nombre no era importante; sabiéndolo o no todo giró fuera de lugar.

- Tengo una propuesta que hacerte hija – dijo, luego de recibir su Mocaccino Expreso, su favorito.

- ¿Propuesta? – pregunté temerosa ante la pregunta y su amenazante contenido.

- Si. Como ya estás a punto de terminar el semestre (sabiendo que te eximiste de tus exámenes) te quería invitar a Londres a pasar Navidad y Año Nuevo conmigo allá.

El sorbo de té aumentó 30 grados de printo mientras recorría mi esófago, al menos eso le dijo mi cerebro a mi manipulable sistema sensorial. Dejé la tasa a un lado con renuencia.

- ¿A Londres? ¿Contigo? ¿Y… Florencia? – pregunté sin atreverme a mirar su rostro.

- Bueno, si hoy hubiese aparecido, quizá lo consideraría

Me sobrevino un sentimiento de pena que detestaba.

- ¿Y Lauren qué opina?

- ¡Está encantada! Vamos, te lo mereces.

Por un momento visualicé la situación. Cena de Navidad. Mi mamá, la abuela María de visita, Florencia y probablemente Carlos, de parásito de mi madre como de costumbre. La abuela encantada por sus ridículas historias de logros deportivos de su club pinchanguero sabatino. Carlos feliz por no mirarme la cara de asco y de presentir mis ganas de querer salir corriendo. Nunca nos llevamos bien, me caía pésimo, sobre todo la pasividad de mi madre cuando Florencia se dejaba seducir por sus influencias y consejos de galán de teleserie fracasada. Vi a Carlos sonriente al no tener que soportar mi cara de repulsión cuando se le insinuaba a mamá con algún típico truco burdo y sin clase, mientras a mi hermana le brillaban los ojos y mi abuela comentaba entre risas.

Ante eso, Londres era una alternativa más tentadora; un país desconocido, tranquilo y con rostros diferentes.

- Está bien, lo pensaré. Pero no creas que me lo merezco… – mi epifanía era lo bastante pavorosa como para reducirla en un relato gratuito.

- Bien hija, pero no te tires abajo ¿Está bien?

Asentí como de costumbre. Bordeaba con mis dedos el vanguardista forma del platillo mientras trataba de asumir este viaje, lo mejor de todo es que podría estar más de tres horas con mi padre y así poner nuestra mística a prueba.

 

“A Jedi uses the Force for knowledge and defense, never for attack” 23 marzo 2009

Archivado en: Percepciones — theforceofwords @ 7:33 pm
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Soy estudiante de Derecho hace 5 años, con sus altos y bajos académicos y personales, y muchas veces me he preguntado el sentido de tal elección académica – profesional.

Claramente uno de los valores icónicos que destaca a un potencial abogado es el sentido de Justicia; vocación de servicio a la comunidad, al más débil (genéricamente). Te preparas 5 años y más para ser un profesional de talla tal que estás capacitado para representar los derechos de una persona frente a un litigio o conflicto de derechos, etc.

Todo esto invoca ciertas cosas que hace años soy testigo. Hoy me pregunté si en verdad somos como Caballeros Jedi que luchan para prevalecer la paz y la justicia… Y empecé a darme cuenta de qué implicancias podía tener dicha analogía que, por cierto, parece muy atractiva.

¿Somos capaces de seguir la voluntad de la Fuerza, o hacemos que siga a la nuestra? Una diferencia abismal, claramente. Seguir la voluntad de la Fuerza es seguir los ideales, hacer lo que se debe (a palabras del maestro Qui-Gon). Al contrario, hacer que la Fuerza obedezca sólo mis órdenes o propósitos es hacerla un medio para un fin que sólo es personal. Esto no es muy lejano de mi realidad presente.

Ultimamente me he cuestionado muchísimo qué rumbo tomará mi vida ahora que mi preparación comienza a concluir (al menos en esta etapa), sobre cuales de estas dos vertientes es posible seguir. He podido someramente concluir que muchos no han recibido ese llamado al heroísmo, o mejor dicho, a la vocación misma.  Yo ni siquiera recuerdo el por qué opté por esto; en su momento era lo que más me atraía. En el camino me he dado cuenta que algo tengo que decir, tal vez no siendo parte de la máquina que por el curso antural de las cosas nos vamos formando parte. Quizás si las cosas difíciles fueran más fáciles no vendrían estos cuestionamientos que intelectualmente tienen mucha riqueza, y para el público que cada día es espectador de nuestra vida lo hace tan interesante. Al fin y al cabo, no se podría ser ni lo uno ni lo otro.

Tal vez muchos de nosotros estamos destinados a ser ese Jedi relegado del conducto natural: Comenzar como Padawan, destacarte como Caballero y llegar al Consejo. Tal vez y como Qui-Gon tendremos que ser testatudos y firmes al seguir el llamado a esa Fuerza que nos mueve desde un principio, y no como un medio hacia un fin. ¡Eso! Un fin en sí mismo, como lo mejor de esta vida, como lo que más cuesta alcanzar y se disfruta en demasía.

Tal vez todo loq ue poensé en esos breves 30 minutos de este día se vió influenciado por un excelente libro que leí, las experiencias que he recolectado de mis compañeros y lo que he podido preveer como mi futuro a corto plazo. ¿Qué eligo? Hoy, seguir la voluntad de la Fuerza. Total, nada pasa por accidente.

 

 
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